Vence a la indiferencia

Hace unos días, estaba dando una conferencia a los papás de un colegio exponiéndoles la serie de problemas que afectan a nuestra sociedad y de los cuales nuestros hijos son los principales afectados: reflexionando sobre el consumismo y su reflejo en la obesidad infantil, sobre el uso sin vigilancia del internet por los niños y su impacto en la pornografía, y el ciber-acoso, sobre la trata de blancas y el tráfico de órganos y su nexo con las desapariciones de niños y adolescentes.

Observando que los papás participantes estaban muy atentos, aproveché para pedirles que levantaran la mano quienes se enteraron que el año pasado se aprobó en nuestro país la ley de niños, niñas y adolescentes; para mí congoja, sólo cinco personas de más de 200 levantaron la mano. A continuación pregunté quién podría decir en resumen sobre que trata dicha ley; sólo una persona dijo “es sobre los programas del gobierno que tiene que ver con los niños, niñas y adolescentes”, ante esta respuesta no me quedó más que expresar mi preocupación: ¿Cómo es posible papás, mamás, que desconozcamos que hay una ley relacionada con nuestros hijos, quienes aún son nuestra responsabilidad? ¿Dónde están puestos nuestros ojos?, ¿qué nos interesa?, ¿qué es importante para nosotros?, es cierto que andamos metidos en la problemática del día a día, el trabajo, los pagos, el tráfico, las deudas, las calificaciones de los hijos, etc.

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¿Por qué la indiferencia?, ¿por qué la apatía?, y enfáticamente insistí, ¿es por falta de interés?, creo que estarán de acuerdo conmigo en que mientras no nos toca de manera directa alguno de los problemas mencionados, no nos sentimos aludidos, es decir mientras no me toque y no sean mis hijos o mi familia parte de la estadística nacional de afectados, quiere decir que es problema de los demás.

Y con esta actitud de indiferencia y apatía, ¿qué les enseñamos a los hijos?, porque las personas somos como aprendimos, de tal manera que quien creció en un ambiente familiar cerrado a los demás, es poco probable que al enfrentar situaciones en las que se manifiesta la necesidad de otros, su reacción sea de empatía o de interés en esa situación, en cambio, quien vivió en un ambiente familiar abierto a los demás, en donde se mostraba interés en la situación de las otras personas conocidas o desconocidas , y se disponía de tiempo para involucrarse —en la medida de sus posibilidades— en la solución de esas necesidades , es muy probable que estén atentos a las necesidades de los demás, en un afán de ayudar a quienes lo necesitan sin importar, muchas veces, que tengan que dar de sus recursos o hasta de sus personas.

La diferencia entre este tipo de personas en su paso por la vida es hoy lo que permite identificar cuan enferma está nuestra sociedad, ya que la actitud apática o indiferente de las personas, influye de manera directa en la gravedad de los males sociales, muchos de los cuales se han agravado por ese tipo de actitudes: desde el adolescente que se encierra en su mundo digital, a veces sin contacto con la realidad verdadera, que lo hace crearse en su mente un mundo de fantasía, en el que sólo existe lo que es divertido, de tal manera que al confrontarse con la vida real, se niega a participar o al menos interesarse en aquello que “no sea divertido” y menos aún si exige esfuerzo o sacrificio.

Y si ponemos atención a los jóvenes, cuando están en la etapa de decidir a qué se van a dedicar en su vida adulta, no nos sorprenda que los parámetros para su decisión sean, más de tipo económico, es decir, donde van a “ganar más con el menor esfuerzo”, o “en donde pagan mejor” y si se les encuesta sobre los problemas de la sociedad, pocas veces tienen conciencia de aquellos que van más allá de su propio entorno.

Con estos antecedentes en la historia personal: ambiente familiar cerrado, poco o nulo involucramiento en el quehacer comunitario (el barrio, la parroquia, las actividades extraescolares, etc.) , el encierro en los aparatos digitales, la búsqueda de su propio bienestar, la satisfacción de los gustos o caprichos por unos padres permisivos o que se sienten culpables por no estar, y la búsqueda del placer por el placer, llevan a la persona a olvidarse del otro, en lo individual y en lo grupal, de tal manera que al llegar a la etapa adulta, todos sus esfuerzos, todos sus recursos sólo son invertidos en obtener más para sí y los suyos, y si en su entorno social pasan cosas graves , pero el o los suyos no se ven afectados, lo común es “hacerse de la vista gorda” y esto se enseña, los hijos lo aprenden, ¿cómo se esperar que cuando crezcan se interesen en los demás?, algunos padres de familia lamentarán no haber educado en la generosidad, o en la solidaridad, cuando llegando a la ancianidad sus hijos se olviden de ellos.

Dejemos de lado la comodidad de la apatía y la indiferencia, construyamos puentes que nos acerquen a los demás para resolver lo que nos separa, los seres humanos tenemos más coincidencias que diferencias, que esas coincidencias nos unan, porque hay situaciones que sólo pueden resolverse en unión con otros, por ejemplo que los padres de familia nos unamos para aprender y reaprender a ser mejores padres en beneficio de nuestros hijos. Si se te hace difícil vencer la apatía que aprendiste en tu infancia, es momento de reaprender para empezar a cambiar y que con nuestro cambio nuestro mundo sea mejor, más humano.

Gerardo Pineda. Martes, 2 de febrero de 2016

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