El Papa Juan Pablo II, dedicó una carta extensa para hablarnos a las mujeres en 1995 por la proximidad de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que tendría lugar en Pekín.

Él, sabía que las mujeres estamos dotadas de un don difícil de definir y que se transmite de generación en generación,  lo llamó “el genio femenino”; y nosotros podemos reconocerlo en el potencial que tenemos las mujeres, en ocasiones ilimitado y sorprendente.

Todos los días millones de mujeres en todo el mundo se enfrentan a la vida con un aplomo casi sobrenatural.

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Muchas inician el día despertando a los hijos para enviarlos o llevarlos a la escuela, se hacen cargo de la casa y como las “Bartola” de la canción popular hacen maravillas con los  pesos de que disponen para proveer de lo necesario a su familia.

Eficientes y dinámicas muchas mujeres se desenvuelven en distintos espacios de la vida pública y aún así, es muy posible que dediquen tiempo para alguna tarea que busque el bien común aunque al regresar a casa el trabajo no dé  pausas.

Mujeres solteras, esposas, madres, abuelas, amas de casa, empleadas o empresarias, artistas o políticas, mujeres al fin, todas ellas heroínas anónimas de nuestra historia.

Aunque nos llamen el sexo débil,  cargamos no sólo niños y bolsas de mandado,  sino pasiones, penas, preocupaciones y miedos, esperanzas e ilusiones con una fortaleza que asombra a más de uno.

Los músculos femeninos no están en los brazos o en las piernas, están sin duda en el alma y en el corazón, allí se despliega toda nuestra fuerza.

El poder de la mujer reside en su fuerza interior, despliega una intuición que escucha los gritos que nadie oye, desarrolla una inteligencia emocional que permite la empatía o el deseo irrenunciable de alcanzar nuestros sueños y qué decir del compromiso incondicional de defender la vida aunque existan contadas excepciones.

Las mujeres que nos precedieron consiguieron espacios que hoy gozamos, después de un largo sendero empedrado de pasión y esfuerzo se han reconocido nuestros derechos civiles  y a pesar de las dificultades sabemos que vale la pena.  Las mujeres del presente tan sólo hemos recogido la estafeta, falta aún mucho más por alcanzar, pero somos capaces de  concretar nuestros sueños porque sabemos a dónde nos dirigimos.

¡Muchas han pagado un precio muy alto! No somos todopoderosas, pero seguro que tratamos de hacerlo todo y en esos momentos en donde nos abruma una sensación de fracaso o debilidad, están las personas que queremos para tendernos los brazos y que nos recuerdan que a pesar de vivir la peor de las tormentas, siempre viene la calma.

La mujer está dividida por una línea indivisible:   -su yo y los demás-.  En donde los demás son sujeto de nuestro amor sean los padres-hijos-esposo-hermanos-amigos. Nos gusta dar,  servir, ayudar, sostener, comprender; sin duda nuestra familia es motivo de orgullo, nos emociona verla crecer y estar allí para todos.  Es allí,  en la familia que nuestro yo es, dónde nuestros sueños, gustos y opiniones encuentran eco.

La seducción y la coquetería, es como una luz que nos hace visibles para los demás, que nos adorna de una forma muy especial.

Ocuparnos de nuestra salud, cuidarnos y embellecernos nos reconforta física, emocional y espiritualmente, y hacer lo propio por los nuestros es parte de nuestra misión.

Ver hacia lo alto, alcanzar la trascendencia,  es querer ir al cielo donde todo un Dios nos espera y sin duda esta será  la huella que les dejaremos a los que más queremos.

Por: Ivette Laviada

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