Las vacaciones navideñas siempre han sido un buen pretexto para que las familias se reúnan, la calidad de la convivencia entre abuelos, hijos y nietos será una buena muestra de cómo estamos construyendo el futuro de quienes tarde o temprano nos relevarán en esta vida.

Pero debemos saber que una relación “de mínimos” nunca será suficiente para poder conocer a nuestros familiares, se necesita un trato cercano, que si la distancia no nos lo permite, hoy con la avanzada tecnología se hace de alguna forma posible, aunque nada suple el trato persona a persona en donde nos podemos mirar, abrazar y besar.

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En el trato del día a día lo que se transmite de abuelos a hijos y de éstos a nietos no es una mera acumulación de conocimientos o bienes, es además una transmisión de valores, una dinámica que nos permite mejorar integralmente a la persona y a su entorno.

Esta dinámica cuando se vuelve un círculo virtuoso genera una extensión de bienestar en todos los ámbitos de las relaciones humanas que inciden en política, educación, economía, ciencias, etc.

Tendremos que tomar en cuenta dos cosas: la equidad y la igualdad que tanto se promulgan actualmente es la base para una sociedad justa, y estos valores se aprenden de una forma clara en el trato con las personas mayores, pues sabemos que todos valemos lo mismo porque somos personas humanas pero es evidente que no hay una “igualdad” entre los bebés, jóvenes y los mayores, necesitamos cosas diversas en tiempos distintos, tenemos capacidades y necesidades diferentes.

La mejora de la generación siguiente tiene mucho que ver con la cohesión familiar, ya que la familia se especializa en la atención “desigual” pues desiguales somos las personas, una madre sabe que no puede tratar a sus hijos de idéntica forma sino atendiendo a las necesidades de cada uno.

Se antoja entonces para lograr esta sociedad más justa la necesidad de más trato, más convivencia intergeneracional, no perdamos la ocasión para que nietos, hijos y abuelos compartan todos ellos tiempo libre y descanso, juegos y conversaciones que, aunque a veces parezcan “batallas” por culpa de la famosa brecha generacional, las correcciones o pequeñeces de unos y otros alimentarán una comunicación y estimas valiosísimas para el futuro de todos.

¡Podemos aprender tanto de nuestros abuelos! La prudencia, comprensión, ternura y experiencia –a pesar de la adversidad o el desánimo- que pueden mostrar nuestros mayores, pueden compensar de forma extraordinaria las tensiones y precipitaciones de los padres que siempre andamos con “urgencias” porque el tiempo apremia o que nos falta un poco de perspectiva vital por falta de experiencia.

La fragilidad, limitaciones y necesidades de la tercera edad pueden resultar una auténtica carga, pero no es en sí la pers una carga sino sus circunstancias de edad o enfermedad, por ello la familia debe unirse y reunirse en torno a sus ancianos, debemos solidarizarnos con ellos y no sólo eso decirles en cada oportunidad que sus circunstancias especiales nos permiten demostrarles el amor que les tenemos pues de otro modo no se nos presentaría la ocasión de hacerlo palpable.

Reconozcamos la importancia que reviste para los niños el hecho de poder situarse en el tiempo respecto a sus ascendientes, conocer de primera mano experiencias fascinantes y conocer sus raíces. Seguro que podemos construir un diálogo más comprensivo y fluido, los conflictos los podremos transformar en cooperación.

Niños, jóvenes, adultos y ancianos, es necesario que nos sepamos miembros de un maravilloso equipo, nuestra familia; que extiende su siembra de felicidad –a pesar de las dificultades- a lo largo de la historia humana, generación tras generación.

Por: Ivette Laviada